junio 03, 2011

Bohemia en transito

Así y todo, sobreviví la experiencia de Londres y luego emprendimos el tour europeo. Me habían aceptado en un colegio de señoritas en Suiza (idea de mamá) y con ese pequeño curso de francés y buenos modales -en teoría- ya tendría la edad mínima aceptable para empezar la facultad en septiembre del 71. Por lo pronto se extendían frente a mí cuatro meses donde ya estaba empeñada en la aventura de mi madre.

Mamá: -Chicos, ¿y si alquilamos un coche para recorrer Europa?

Carlos: -Podríamos alquilar en la agencia de la esquina.

Mamá: -No; acá manejan al revés.

Yo: -¿Y entonces?

Mamá: -Volemos a Alemania, alquilamos un coche con el volante donde Dios manda y desde el aeropuerto venimos a buscar las valijas.

Nosotros (suspirando): -Bueno.

Mamá: -Vamos ahora. Saquen los pasaportes y no traigan nada.

Volamos a Frankfurt esa misma mañana, alquilamos un Mercedes Benz automático y, luego de volver a Inglaterra (a buscar al perro), partimos. No podíamos saber que la Europa que veríamos en ese viaje pronto cambiaría hasta hacerse, hoy, irreconocible. Dormíamos donde podíamos, a veces en hoteles de cinco estrellas, a veces en granjas, con amigos o alquilando casas en lugares de muy difícil acceso.

Cada día íbamos sumando amigos en el recorrido que se unían temporalmente a nuestra caravana o nos visitaban en la casa que habíamos alquilado en Capo Mele, cerca de Mónaco. Mamá había inventado una manera de clasificar a nuestros nuevos conocidos: ponderaba sus actitudes con el premio "chicle globo", si la persona estaba a la altura de las circunstancias, o "chicle laxante" en caso contrario. En la casa alquilada teníamos dos dormitorios, un baño, una sala, una gran baranda sobre el mar y un huerto con durazneros. A medida que pasábamos de país en país dábamos la dirección de esta vivienda a cuanta gente conocíamos. Los primeros en visitarnos fueron un paraguayo, un peruano y un inglés que habíamos conocido en la ruta; a la semana cayeron cuatro alemanes que ya conocíamos y a los dos días tres austríacos que nunca habíamos visto: una mujer y dos hombres que vivían juntos. Se presentaron diciendo que habían conocido a alguien en Francia que les había dado nuestra dirección. Así quedamos nosotros tres, un inglés, cuatro alemanes, tres austríacos, una paraguaya, una peruana y Cucho (el perro) ocupando dos dormitorios y el living por tres semanas. ¿Quién de todos ellos se ganó el chicle globo? Fue el inglés, porque cuando nos quedamos sin papel higiénico en mitad de la noche, sugirió que hiciéramos uso de los pasaportes, idea que generó un intenso debate pero fue finalmente descartada. ¿Y quién ganó el chicle laxante? La paraguaya, por comparar la luna sobre el mediterráneo con un enorme huevo frito. Mi madre estaba fuera del juego, porque hubiese sido competencia desleal.

LA AUTORA

Virginia Gamba nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, pero pasó su infancia en Bolivia y Perú. Se educó en Inglaterra, publicó artículos en La Nación durante la Guerra de las Malvinas e integró la organización Pugwash por el desarme nuclear. Desde 2008 vive en la Argentina.

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