febrero 21, 2011

Metropolitan

Es extraño que suba relatos, pero es algo empezaré a hacer. Este es, sin dudas, un de los mejores que lei en años. Espero que les guste.

Metropolitan, por Madison N. Cheshire

Aquel día, desde mi asiento en el vagón del metro de París, mi vida cambió para
siempre. Mi madre me había llamado para que pasara a verla con la excusa de
que se sentía sola, y por muy mayor que me sintiera por tener veinticinco años,
una madre es una madre.
Así que ahí estaba yo, en un andén con dirección a La Défense, a las afueras de
París. La música atronaba mis oídos a través de los auriculares, y a mi alrededor
todos los pasajeros compartían mi misma cara de aburrido.
Estación de Reuilly-Diderot. Suspiré, intentando adivinar si cuando saliera del
metro, sería ya de noche o aún podría ver el sol poniéndose entre los árboles.
Ledru-Rollin. Fijé la vista en la gente de mi alrededor. Un grupo de turistas,
probablemente alemanes, que se reían a carcajadas cada pocos segundos
haciendo un ruido infernal. Una mujer morena de unos veintisiete años, con
tacones de vértigo y carmín rojo en los labios. Una auténtica femme fatalle. Tres
niños de la edad de mi hermano, doce años, que jugaban a la consola
completamente abstraídos. Y yo. Me llamo François Chaillot, veinticinco años,
escritor y experto jugador de Black Jack. Independiente, solidario,
rompecorazones, y enemigo público número uno del amor. Un Don Juan, vaya.
Hasta el preciso instante en que el metro llegó la parada de St-Paul, y ella subió
a mi vagón.
No tendría más de diecinueve años, quizás veinte. Su largo pelo color chocolate
estaba cubierto por una boina color perla, de lo más francesa. Envuelta en un
largo abrigo negro que la cubría entera, hasta medio muslo, parecía aún más
pequeña de lo que en realidad era.
A pesar de que más de la mitad del vagón estaba vacía, ella optó por quedarse de
pie. Justo a mi lado. Los pensamientos se arremolinaban en mi mente, mientras
que yo intentaba coger aire, porque la visión de esa desconocida me había
sentado igual que un puñetazo en la tripa.
¿Quién era? ¿Hacia dónde iba? Me atraía como un auténtico imán. Desde que
había entrado en mi vagón me parecía no oír las risas de los alemanes, ni el
pitido insistente de las consolas de los pequeños. Empecé a trazar mentalmente
un plano de la red de metro de París, y de las paradas que faltaban para llegar al
final de la línea. Tenía muy claro que la seguiría cuando se bajara de ese vagón,
fuera a donde fuera. Mi madre quedaba temporalmente aparcada.
En ese momento, sus labios se abrieron para dejar paso a un suspiro, y ahí fue
cuando me convencí de que, desde ese momento, íbamos a ser inseparables.
Me miró, con ojos color caramelo derretido. Ojos de oro. Brillaban como si lo
fueran, eso desde luego. Tenía los labios entreabiertos, y entre ellos pude atisbar
unos pequeños dientes blancos. Perfectos. Sus mejillas estaban sonrosadas por
el frío de las calles de París, y se me antojó una diosa. Mi diosa.
Me sonrió desde las alturas. Ella estaba de pie y yo sentado, lo que agradecí ya
que las piernas me temblaban como si estuvieran hechas de gelatina.
Dirigí la mirada hacia el andén para averiguar el nombre de la estación en la que
estábamos. Louvre-Rivoli. Aún faltaba mucho para llegar a casa de mi madre,
pero no sabía cuando se bajaría la desconocida, por lo que decidí mantenerme
alerta.
Ella seguía de pie, y yo fijé la vista en la mano con la que agarraba la barra de
seguridad para no caerse. Sus uñas estaban decoradas con la manicura francesa,
tan típica aquí en París, y tenía los dedos largos. Dedos de pianista. Observé la
manera que tenía de enrollar la mano alrededor de la barra, y me quedé
embobado unos instantes. En ese momento, el tren frenó en seco en la parada
de Tuileries, y ella se acercó a la puerta del vagón. Rápidamente, me puse de pie
para seguirla, y la imité cuando empezó a andar, llevándome por delante a la
mujer de los tacones altos. Murmuré una disculpa y continué mi camino en pos
de la desconocida. Subimos las escaleras de acceso a la calle, ella
despreocupadamente y yo oculto detrás de un periódico gratuito que había
recogido para pasar desapercibido, intentando mantenerme unos cuantos
escalones por debajo suyo.
Por fin, se acabaron las escaleras, y conseguí pisar el suelo de la calle. Me
encendí un cigarro para controlar el nerviosismo, pero mantuve bien agarrado
mi periódico por si volvía a necesitarlo. Busqué con la mirada a mi desconocida,
y por un momento temí haberla perdido, pero al final la descubrí doblando una
esquina. Me precipité tras ella, y me pareció ver una media sonrisa dibujarse en
su cara, aunque era difícil precisar nada por la distancia que nos separaba.
Callejeamos un rato, aunque en seguida ella atravesó las verjas que separaban la
calle del Jardin des Tuileries. Esperé unos instantes, por si acaso se giraba y me
descubría, y la seguí.
Escondido entre los árboles, me atreví a acercarme un poco más, y descubrí que
ella también estaba fumando. Encontré irresistible la manera que tenía de
expulsar el humo, y di una calada a mi propio cigarro. Lo sacudí para que se
cayera la ceniza acumulada mientras intentaba trazar un plan. No podía seguirla
eternamente. ¿Y si había quedado con alguien? ¿Con qué cara me quedaría yo?
Decidí que si la veía saludar a otra persona, agacharía la cabeza y me iría. Pero,
mientras ella se mantuviese sola, la seguiría, intentando descubrir su nombre y,
quizás, algo más.
Me aproximé más a ella, y la observé tirar el cigarrillo al suelo y pisarlo con el
tacón de su bota. Ahora estaba parada en mitad del camino empedrado, y
parecía buscar algo.
Por favor, por favor, que no haya quedado con nadie- recé. No creía en Dios,
pero ése me pareció un buen momento para empezar a hacerlo.
Por suerte para mí, a los pocos segundos la chica reanudó el paso. Yo la seguí,
intentado no quedarme demasiado atrás y perderla.
Al rato, doblamos una esquina, y me sorprendí al encontrar allí un tiovivo. A
pesar de ser parisino, no solía visitar las Tuileries, y no conocía su existencia.
Había escuchado llamar al parque Jardin du Carrousel, pero no sabía por qué.
Hasta ahora.
Mi desconocida tomó asiento en un banco de madera que había enfrente, y
observó en silencio el carrousel. Yo apagué el cigarro, y también lo miré.
Fijamente, quince o veinte segundos. Cuando por fin despegué la mirada, el
resto del mundo se inundó de lucecitas rojas y amarillas, por ese extraño efecto
que te producen las luces brillantes si las miras demasiado intensamente.
Decidí acercarme, ya que no parecía que ella estuviera esperando a nadie.
Recorrí rápidamente la distancia entre el banco y yo, y cuando la tuve a menos
de un metro, me detuve. Aspiré fuerte su aroma, parisino y elegante.
De repente, ella se giró y me vio. Por un instante me quedé callado, sin saber
muy bien que decir. Pero era inútil justificarme: me había pillado.
-Ho..Hola- musité.
Ella se puso de pie, y me sonrió.
-Creí que no te acercarías nunca.
Y sin dejar de mirarme a los ojos, se puso de puntillas y me besó.

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